¿Qué pasaría si consiguiéramos una participación del 80 % en las elecciones?
25-F, un día que pasará a la historia
Por: Bohemia
No soy experta en relaciones internacionales, ni en economía, ni en muchos otros aspectos. Pero soy ciudadana española, aficionada a la política y seguidora de una campaña electoral que creo, ya dura demasiado tiempo. Me parece lamentable que se llame “campaña” a empapelar las calles con las caras de nuestros gobernantes y a poder pedir el voto libremente.

Y digo yo, que más dará decir: “Pido el apoyo de los españoles” que “pido el voto de los españoles”, ¿alguna diferencia aparte de la lingüística?. La diferencia está en que llevamos cuatro largos años de campaña, tras unas elecciones “precipitadas”, porque yo como muchos otros pensamos que ese 14 de marzo no era el día idóneo para celebrarlas. Cuatro años en los que no hemos disfrutado de un Gobierno y una Oposición sino de una lucha dialéctica encarnizada en la que, a mi modo de ver, el “ganador” ha sido el Presidente, pese a quien le pese, pues haciendo balance de su gestión, aunque equivocada en algunos aspectos, ha habido más política ejecutiva que de oposición, la mayoría de las veces brillante por su ausencia, con un representante que ha esperado cuatro años a crecerse en un mundo que se supone el suyo.

Y ahora plantean un debate con la premisa de convencer a los indecisos. Creo que todos los que vamos a votar ya sabemos a quien le vamos a otorgar nuestra confianza, y eso no se cambia en un debate. En mi opinión, la mayoría de los llamados “indecisos” no es que no sepan si les gusta más el rojo o el azul, sino que dudan si merece la pena salir de casa un domingo para introducir un papelito en una urna de cristal que, en un alarde de lirismo improvisado, representa nuestros sueños, esos que hace cuatro años no cabían en sus urnas. El circo mediático en el que se convirtió el famoso debate habría tomado una dirección más correcta si lo hubiesen encauzado a pedir la participación y no el voto. Pero la realidad es que ni una cosa ni la otra.

El espectáculo televisivo comenzó con la presentación de los dos luchadores a manos de un Manuel Campo Vidal a modo de Julio César. El circo, un plató completamente medido y estudiado con planos, segundos, y ubicaciones controladas por ambos candidatos, que no quisieron perder su oportunidad a la hora de poner puntos y comas en lo que sería el acontecimiento de la campaña del 9-M. Durante los primeros minutos, Zapatero se convirtió en el león del que Rajoy trataba de defenderse sin demasiado éxito. Pero tras los primeros improperios verbales, el león fue perdiendo la fuerza y el líder de la oposición encontró el talón de Aquiles de un Zapatero sin recursos que se agarró al pasado más de lo que a mí, y a otros muchos nos hubiese gustado, porque lo que queríamos era oír las propuestas del “partido del cambio”. Un pasado demasiado reciente y pesado de la historia de España al que recurrió ZP sin ningún tipo de escrúpulos, sin tener en cuenta que sería un arma de doble filo, y sí, estoy hablando del 11-M. Parece que José Luis se olvidó por un momento que llegó a la Moncloa en Cercanías, por muy duro que suene leerlo y más si lo escribe una persona de izquierdas convencida, pero al pan, pan y al vino, vino que dicen en mi tierra.

Porque si están ahí, designados por su partido, es porque son aptos para llevar un país, aunque la decisión sea puramente interna del partido, que ahí ya no me meto, que ellos son los que saben de política. Y perdieron la oportunidad de demostrar lo que yo, como votante del próximo 9 de marzo, al igual que muchos otros, quería escuchar; y esto es lo que van a hacer por nosotros y no lo que van a hacer contra los otros, ni lo que han hecho para paliar los errores de los demás. Por lo que para mí, esto queda en tablas, ambos se comieron los peones pero ninguno consiguió el jaque mate.

Y probablemente después de esta reflexión mis colegas ideólogos, esos con los que debato sobre todo lo que nos preocupa, me tachen de lo que ellos saben que no soy, quizá piensen que les he traicionado, o peor aún, que me he traicionado a mí misma, pero no es así. Soy socialista hasta la médula. Creo en el socialismo, pero en el de Pablo Iglesias, en el que otorgaba honor a su nombre por ser el movimiento del pueblo, el de sus derechos, los de todos, y no sólo de unos pocos. Y no voy a entrar en el socialismo utópico del siglo XVIII ni en el Neoliberalismo; llamadme ilusoria o nostálgica pero desde aquellos “Felipistas”, los de chaqueta de pana, que no los de los años 90, nada ha vuelto a ser igual. Y creo en el socialismo del desarrollo, en el que trata de desvincularse del comunismo de Castro y trata de establecer un modelo social-democrático que algunos tratan de tildar de “progre”; en el que nos da esperanza a muchos de los jóvenes de este país y en el que aprendí a creer con fuerza hace años.

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